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EDIPO

EdipoTragedia lírica en cuatro actos.
Texto: Edmund Fleg.
Música: Georges Enescu

Elenco:
 
EDIPO Andrew Schroeder
TIRESIAS Esa Ruuttunen
CREONTE Robert Bork
PASTOR Gustavo López Manzitti
EL GRAN SACERDOTE Fabián Veloz
FORBANTE Alejandro Meerapfel
CENTINELA Lucas Debevec
TESEO Gustavo Zahnstecher
LAYO Enrique Folger
YOCASTA Natasha Petrinsky
LA ESFINGE Guadalupe Barrientos
ANTÍGONA Victoria Gaeta
MÉROPE Alejandra Malvino
MUJER TEBANA Cintia Velázquez
   
Iluminación: Peter van Praet.
Escenografía: Alfons Flores
Vestuario: Lluc Castells
Régie: Alex Ollé y Valentina Carrasco
Coro de Niños  
Director : César Bustamante
Coro Estable  
Director: Peter Burian
Orquesta Estable del teatro Colón  
Director: Ira Levin

Teatro Colón de Buenos Aires
Función del Iº de Junio

EDIPO lucha con el destino

La intención del Teatro Colón de ampliar el repertorio incluyendo obras de autores del S.XX halló en esta ocasión una estrategia interesante al presentar este EDIPO de Enescu desde la mirada de la reconocida compañía teatral La Fura dels Baus, lo que garantizó la venta total de las localidades de todas las funciones programadas, toda una rareza/proeza teniendo en cuenta la dificultad con la que el público admite las creaciones del último siglo fuera de los tres o cuatro compositores ya clásicos del repertorio (Puccini, Strauss, Strawinsky, y poco más...)
O mucho me equivoco o la concurrencia respondió más a la presencia del grupo catalán sobre el escenario que al estreno argentino de esta obra del compositor rumano y mientras esta estrategia permita acercar público al Teatro y permitir descubrir obras de valor, bienvenido sea. Triste sería que el intérprete se sirviera del arte antes que servirlo.
Sala llena y mucha expectativa se pudo ver en el Teatro mientras se aguardaba el inicio de esta obra estrenada en 1936 en París, con libreto en francés (como la versión que vimos) y que después de repetirse al año siguiente del estreno, prácticamente, desapareció de los escenarios. Pensemos que en París volvió a darse recién en 1963; en Berlín y Viena en 1996 y 1997; y en Nueva York recién se la conoció en 2005.
La mitología clásica fue siempre una buena proveedora de temas para nuevas óperas (desde el Monteverdiano Orfeo hasta la Fedra de Perusso estrenada el año pasado en esta sala) pero el caso de Edipo resulta la excepción a la regla. Probablemente su temática (parricidio e incesto incluídos) lo alejaron de los escenarios y de un público renuente a enfrentar ciertos tabúes.
El Siglo XX, Freud mediante, permitió la relectura de esta terrible historia y dió lugar a la aparición del OEDIPUS REX de Strawinsky en 1927 y casi una década más tarde de este EDIPO de Enescu.
El compositor comenzó a trabajar en esta idea hacia 1910, concluyó la música en la década del 20 y la orquestación en la del 30, de lo que se desprende el trabajo concienzudo y comprometido con que abordó la obra, cuyo resultado nos presenta una partitura más cerca de Wagner que de Berg, enjundiosa y muy ambiciosa, aunque no siempre alcance convencer al espectador.
No pueden desconocerse las riquezas de esta partitura, pero a veces la dimensión conspira... la intelectualidad enfría.
Tal vez la intención de presentar el desarrollo completo de la historia del protagonista atentó contra el resultado dándonos una pieza por demás extensa, con largas escenas de escasos valores dramáticos, dos primeros actos donde prima el estatismo y un repunte en los dos últimos que llegan después de demasiado tiempo para salvar la acción.
El libreto de Fleg, contrariamente a lo que podría esperarse no ahonda en la cuestión del parricidio ni del incesto, sino que se dedica a hacernos llegar profundas meditaciones sobre la lucha del Hombre con el Destino y las posibilidades de vencer su determinismo más allá de las contingencias que deba atravesar, haciendo prevalecer su libertad y trascendencia última.
El tema, más de carácter filosófico que psicoanalítico, aparece expresado en un texto que no se despega de formas retóricas antiguas, plagado de referencias concretas a la antigua Grecia donde se originó el mito, y muy de estilo en el principio del S. XX pero bastante alejadas de lo que esperaríamos hoy de la dinámica poética y teatral.
Frente a esta particularidad la obra exige una puesta que sepa salvar de algún modo esta falencia, e intérpretes capaces de magnetizar al auditorio.
Lo primero lo aportó la concepción de los Directores de la Fura, el catalán Alex Ollé y la argentina Valentina Carrasco, quienes partiendo de un primer cuadro con fuertes reminiscencias del arte antiguo (la disposición en un friso de cuatro pisos) cromáticamente interesante y con una marcación de movimientos sumamente plástica; nos fueron presentando un Edipo que cuadro tras cuadro se acercaba a nuestro presente, atravesando en su camino la post guerra, una tragedia ambiental, y una última escena con referentes cercanos a la new age; todo esto valiéndose de sutiles símbolos que dejan abierta la puerta a más de una interpretación.
Esta visión refuerza la idea de Clásico propia del mito, cuya historia puede hablarle tanto al hombre de la antigüedad como al contemporáneo pues aquel y este comparten las mismas angustias existenciales. Y precisamente el existencialismo parecería ser la corriente filosófica en la que se inspira esta propuesta escénica.
Si la puesta fue rica en hallazgos, no lo fue tanto el elenco de cantantes que intentaron dar vida a estos personajes.
Andrew Schoeder puso en su Edipo convicción, compromiso y una voz de bello timbre pero de un volumen escaso, lo que conspiró contra su interpretación, sobre todo teniendo en cuenta la centralidad de su rol, la casi permanente presencia en el escenario a la que se lo somete y el declamado con el que debe expresar largos y profundos monólogos, muchos de los cuales perdieron contundentes fragmentos detrás de la sonoridad de la orquesta. Otra vez un buen cantante es traicionado por la dimensión de una sala que debe preveerse a la hora de afontar un rol en ella.
Esa Ruuttunen creó un Tiresias muy interesante desde lo dramático que no tuvo su contraparte en lo musical. Aquí el volumen jugaba a favor del artista, pero problemas de emisión opacaron su desempeño.
El Creonte de Robert Bork fue servido con mucho acierto. Buena voz y convincente interpretación.
La Yocasta de Natascha Petrinsky luchó con un personaje poco desarrollado en la trama al que le dió buena carnadura en sus intervenciones (sobre todo en el tercer acto) aunque una falencia grave en la emisión deslució considerablemente.
Los intérpretes locales brindaron un rendimiento muy meritorio, destacándose la estupenda Esfinge de Guadalupe Barrientos quién hizo toda una interpretación de ese rol digna de guardar en la memoria y lo sirvió sobradamente desde lo vocal; Fabián Veloz como un solvente Sacerdote; Gustavo López Manzitti, buen Pastor; y Victoria Gaeta, dueña de rico patrimonio, componiendo una lírica Antígona.
Muy destacable la participación del Coro Estable que tiene un trascendente protagonismo en esta ópera y muy estimable el rendimiento de la Orquesta Estable bajo la dirección del Maestro Levin.
El final de la función fue saludado con cálidos aplausos, lejos de la ovación que conocemos los melómanos cuando algo llega profundamente a satisfacer.
El Teatro Colón ha presentado Edipo de Enescu. Una ópera desconocida hasta hoy ha ingresado en nuestro haber y eso siempre vale.
Buen Teatro y una obra más visitaron las tablas de la centenaria sala... Tal vez desearíamos que el equilibrio entre música y drama fuera más parejo en las próximas elecciones.

Por el Prof. Christian Lauria
para www.operaintheworld.com