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Werther

Drama lírico en cuatro actos
Música de Jules Massenet
Libreto de Eduard Blau, Paul Millet y Georges Hartmann
Basado en la obra de Johann Wolfgang von Goethe

Elenco

Werther
Leonardo Pastore
Charlotte Cintia Velázquez
Sophie María del Rocío Giordano
Le Bailli Marcelo Boluña
Albert Ricardo Crampton
Johann Esteban Miotto
Schimidt Felipe Castillo de Orléans
Orquesta Sinfónica
Municipal de Avellaneda
 
Director: Mtro César Tello
Coro  
Director Luis Cejas
Director de escena: Jorge Luis Podestá
Escenografía: Ana Rodríguez Quiroga
Iluminación: Jorge Luis Podestá
Vestuario: Teatro Argentino de La Plata


Teatro Roma de Avellaneda
Función del 26 de Mayo de 2011

Jules Massenet es uno de los tantos compositores que la crítica fue variando de categoría conforme soplaran los vientos de la cambiante moda. Genial, exitoso, popular, exquisito, inspirado, fácil, sensiblero, comercial, fueron algunos de los epítetos que acompañaron su biografía y, paradójicamente, estos eran sustentados en las mismas razones que se volvían elogios o críticas al compás de los tiempos.
De su producción que se extiende entre las décadas finales del siglo XIX y la primera del XX, muchos títulos cayeron en un obstinado olvido tras haber vivido sus años de gloria y de ser representados con asiduidad en cualquier teatro que tuviera pretensiones de considerarse serio. Hoy poco conocemos de Sapho, de Le Jongleur de Notre Dame, de Therese, de La Navarraise, de Le Roi de Lahore, de Cleopatre, de Esclarmonde.
Un poco más afortunadas han sido últimamente Thaïs, Don Quichotte, y Herodiade, repuestas en estupendas versiones en Europa y América de la mano de artistas de campanillas.
Este variable sino tuvo sus excepciones con dos títulos a los que la mayoría asocia el nombre de Massenet y le brindan su inmortalidad: Manon y Werther.
En 1884 estrena la primera. En la década siguiente Massenet encara la composición de Werther, partiendo de la novela epistolar de Goethe, pero el libreto de Blau, Millet y Hartmann deja de ella sólo las líneas básicas del argumento generando una versión muy libre que difícilmente hubiera reconocido el genial autor alemán.
Los roles, si los comparamos con Manon, han crecido en profundidad y sus personalidades tienen una carnadura trascendente, aún en el caso de los coprotagonistas. La complejidad psicológica de Werther y de Charlotte los vuelve dos de los personajes más ricos del repertorio. Ambos han sido pintados con una vastísima paleta de grises ofreciéndonos sus conflictos y sus reacciones en toda su multiplicidad sutil.
Es interesantísimo el juego de dos caras que se genera al contraponer a Charlotte con su hermana Sophie. Ésta tiene toda la luz, la gracia, los sueños y la ingenuidad que la vida supo apagar en Charlotte, quizá con su propio e inconciente consentimiento.
De la misma manera Werther y Albert resultan antagónicos y complementarios. Toda la poesía, exaltación, pasión y autodestrucción del primero son realismo, autocontrol, racionalismo y supervivencia en el segundo.
¿Aman ambos? Probablemente sí. Aunque para cada uno amar signifique una cosa distinta.
Massenet escribe para esta historia una partitura que asombra por su riqueza armónica y tímbrica. Su capacidad como orquestador se pone de manifiesto creando climas que parecen nacer de la propia situación dramática, la acentúan o resaltan. No recurre al leit motiv al menos en el sentido wagneriano, sino que prefiere temas identificables con personajes o sentimientos acercándose a las corrientes post-románticas en las que también se inscribe entre otros su contemporáneo Puccini, cada cuál con la impronta de su origen.
Sin perder melodismo la partitura crece en riqueza armónica y las expansiones líricas aparecen engarzadas en un tejido orquestal y se alejan de las formas cerradas tradicionales.
A pesar de sus méritos la obra no fue muy reconocida originalmente en Francia por lo que debió ser estrenada en Viena y traducida al alemán.
La programación de este título dentro de la temporada del Teatro Roma despertó nuestra expectativa y, con las mejores intenciones, nos presentamos en la función de estreno en la sala de Avellaneda. Lamentablemente las expectativas no fueron satisfechas en esta ocasión.
La noche se inició con el Himno Nacional Argentino justificado, imagino, en la cercanía de la fecha patria, y que fue lo que sonó con más propiedad en la velada.
La Orquesta Sinfónica Municipal resultó estar muy por debajo de las exigencias de la partitura. Una suma de desajustes muy notorios y de pifies inocultables a lo que se agregó unos tempos caprichosos desdibujando toda sutileza de tan rica orquestación.
La puesta de Jorge Luis Podestá, absolutamente tradicional, abundó en convenciones y aportó muy poca originalidad.
Los personajes, con la sola excepción de Sophie, resultaron planos, lineales, poco sentidos, y muy carentes de carnadura. La intromisión de figurantes en algunos momentos clave de intimidad no resultó muy coherente y dispersó la atención de una gran parte de los espectadores.
El vestuario provisto por el Teatro Argentino de La Plata mostró su múltiple procedencia lo que disminuyó el efecto estético visual esperable.
La esquemática ambientación escenográfica y la penosa iluminación sobre todo en el acto primero no sumaron demasiado atractivo.
Se lamentó la falta de una mayor introspección en el análisis de los personajes.
En el plano vocal se contó con un elenco poseedor de un capital muy estimable y que hemos disfrutado y valorado en más de una ocasión, pero que no se adecuó a las exigencias de esta pieza. Buenas y bellas voces no pudieron salvar las dificultades que Massenet presenta, y no se trata de caudal, de color, ni de afinación, sino de adecuación estilística.
La pareja protagónica cantó contenida casi hasta el tercer acto con lo que buena parte del texto se perdió irremediablemente, y mucho de la expresión… La sutileza, el matiz no implica solamente un control férreo del volumen.
Leonardo Pastore nos brindó una interesante lectura de su aria del tercer acto en la que puso de manifiesto alguna de sus mejores cualidades sin que llegara al nivel al que nos tiene acostumbrados.
Cintia Velázquez, de grato timbre y buena voz, no logró convencer en su encarnación de Charlotte y a pasajes totalmente inaudibles le sumó sus escenas del tercer acto presentadas con tan poca emotividad que no despertaron el más mínimo signo de emoción en el auditorio.
Ricardo Crampton, que cuenta con una gratísima voz, está aún lejos de manejarse en la ópera francesa con la misma efectividad que demuestra en la ópera italiana.
María del Rocío Giordano, a pesar de contar con una voz muy bella pero un poco grande para el rol de Sophie, supo de hacer de su capital virtud y fue la única que nos permitió creer en su personaje.
Los restantes miembros del elenco, olvidables.
Yo, que siempre he alentado los esfuerzos de las compañías de flanco por llevar adelante temporadas y emprendimientos en medio de las dificultades y limitaciones del medio no puedo menos que lamentar que tantas buenas intenciones y tanto talento no hayan podido, esta vez, hacerle justicia a una obra que por sus características intrínsecas no admite sino versiones ejemplares y sin fisuras para no quedar como una suma de desaciertos.
Damos vuelta la página y esperamos una ocasión más propicia para aplaudir desde el alma el talento de nuestros artistas.

Por el Prof. Christian Lauria

Para www.operaintheworld.com